Aníbal Domingo D’Angelo Rodríguez, mi padre, nació en Capital Federal, el 15 de junio de 1927, hijo de Anibal y de Magda Ivanissevich.
Cursó sus estudios primarios en la Escuela Onésimo Leguizamón. Entre 1940 y 1946 realizó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Buenos Aires. En ese período, militó en el movimiento Unión Nacionalista de Estudiantes secundarios y dirigió durante un tiempo la revista del movimiento, de nombre Tacuara. Más tarde participó activamente en la Alianza Libertadora Nacionalista.
En 1947, fue becario en España.
Estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires.
En 1950 contrajo matrimonio con Virginia Inés Zapiola, con quien tuvo 12 hijos.
En 1952, ya recibido de abogado, nombrado Secretario del IV Juzgado Civil, Comercial y Minas de la ciudad de Mendoza, en la provincia homónima. Profesor en la Escuela Normal y en la Universidad Nacional de Cuyo, también abogado del Banco Hipotecario, sucursal Mendoza.
En 1959, trasladado a la Sede Central del Banco Hipotecario. Con su familia, que contaba ya con 6 hijos, fija su domicilio primero en Hurlingham y en 1965 en Bella Vista, provincia de Buenos Aires.

Además de su trabajo en el Banco Hipotecario, que conservó hasta su jubilación, fue profesor en el Consudec, en la Universidad de Bs As, en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Dictó innumerables cursos y conferencias.
Director Ejecutivo de Eudeba (1969-1973), Interventor en Codex (1971), Secretario de Bienestar Social y luego Juez de faltas de la Municipalidad de General Sarmiento, hoy San Miguel.
Rector de la Delegación San Martín de la Universidad Católica de La Plata. Participó del proyecto SENOC de educación a distancia.
Columnista de la Revista Cabildo y de otras muchas publicaciones nacionalistas. Participó de la fundación del Partido de la Independencia.
Una vez jubilado, trabajó como bibliotecario del Colegio Don Jaime.
“El cuento del Estado neutral y laico se evaporó. Los Estados tienen hoy ideología, filosofa y religión: la progresista, de la que luego hablaremos. Y todos los que no creen en ella quedan marginados y excluidos de posiciones de poder”
Prólogo a Perogrullo y compañía de Castellani, p. 32.
Y todavía escribió muchas cosas hasta su muerte, ocurrida en su casa de Bella Vista el 21 de febrero de 2015.
Quisiera destacar dos cosas de la personalidad de mi padre: la primera su increíble capacidad docente. Esa era su verdadera vocación, trabajaba de abogado para mantener a la familia, pero donde volcaba su alma era en la enseñanza. Sabemos que sus alumnos le pedían que no cortara la clase en el recreo, para seguir escuchándolo.
Recuerdo que cuando estaba en tercer grado me saqué una mala nota en una prueba y me llevó a su escritorio, donde sin gritarme ni pegarme, me dijo palabras tan veraces, sobre la responsabilidad de nuestros actos ante Dios, que nunca más tuvo que retarme por eso.
También recuerdo la cantidad de grupos de muchachos nacionalistas a los que daba sus clases, en su escritorio, los sábados. Y los cursos de historia del siglo XX que organizaba, a los que acudían muchas personalidades. Y también su grandísimo amor por la lectura, que nos inculcó a todos nosotros, los viernes eran días muy esperados, él nos traía unos libros y revistas para los que todavía eran chicos, para acostumbrarlos a leer, así conocimos a Tintin, Asterix, y otros personajes divertidos y educativos. Tenía una gran biblioteca, armada con paciencia y poca plata.
Lo siguiente a destacar, fue su enorme amor por la Patria, por la cual hacía grandes sacrificios, enseñando a pensar cuál era su esencia y su destino. Amaba a España, de la cual heredamos nuestra religión, nuestra lengua y las virtudes y también los defectos que nos conforman. Tenía un recuerdo imborrable de su año de becario y siempre cantaba esas canciones españolas que alegraron nuestra niñez y nuestras navidades.
Durante los años que vivimos en Hurlingham, todos los sábados íbamos a un barrio muy pobre. Él enseñaba a leer a los que no sabían, Mami daba clases de Catecismo y nosotras entreteníamos a los hijos de los que estaban en clase y a nuestros hermanos más chicos. Esa Navidad nos preguntó si queríamos dar regalos a los niños de ese Barrio donando los nuestros: compró pelotas y muñecas y se las hizo llegar. Nosotros recibimos un librito con una dedicatoria donde nos recordaba la Navidad en la que dimos nuestros regalos a los pobres.
Por último, quisiera dejar algunas reflexiones: nos enseñó y puso su acento en el amor a Dios y a la Iglesia; nos trasmitió el amor a la pobreza y a tomarla como algo divertido, que intensifica la creatividad de las personas; se preocupó de que tuviéramos un buen lugar para jugar y de que no estuviéramos atados a la TV: sólo un programa por día, estando todos de acuerdo en lo que veríamos.
No era perfecto, fue protestón y algunas veces se equivocó e hizo cosas que él mismo nos había enseñado que estaban mal. Pero siempre tuvo la humildad de arrepentirse y pedir perdón. Mientras se iba haciendo viejo, adquirió una bondad y una dulzura que congregó a su lado a su gran familia de 12 hijos, a sus esposos y a sus 64 nietos.
Magdalena (Maca) D’Angelo de Curutchet